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Las pymes son el motor de la economía de nuestro país, siendo el 98% del total de las empresas en Chile. Y no es poco lo que hacen. Entre otras cosas, generan empleo, descentralizan la actividad productiva y llevan bienes y servicios a donde las grandes compañías no llegan. Sin embargo, el 40% de las micro y el 20% de las pequeñas empresas no supera los tres años de vida. Y la causa principal está lejos de ser falta de talento o de voluntad: es la falta de liquidez.
Aquí está la paradoja que desde el sector fintech todavía no hemos resuelto.
Prometimos democratizar el acceso al financiamiento, pero en gran medida seguimos entregando productos donde se necesitan soluciones. Seguimos midiendo el éxito en financiamiento, cuando el indicador que realmente importa es otro: ¿Cuántas de las pymes que financiamos siguen operando tres años después? ¿Cuántas de ellas y cuánto crecieron? Vale la pena, entonces, hacernos la siguiente pregunta incómoda: ¿Estamos nivelando la cancha o estamos jugando en otra cancha?
El problema no es solo de capital. Es estructural.
Las pymes chilenas mueren por una acumulación de asimetrías que las dejan fuera de competencia desde el día uno. Enfrentan brechas de acceso, de formalización y de integración al entorno económico. Sus estados financieros presentan falencias que las excluyen del sistema tradicional; son empresas nuevas, sin antigüedad, sin historial crediticio ni los formatos que la banca exige. A esto se suman otras brechas, como la falta de conocimiento financiero profundo, que muchas veces se traduce en desorden, falta de registro y límites, por ejemplo, cuando un emprendedor termina mezclando sus finanzas personales con las de su empresa.
El sistema tradicional ve ese panorama y percibe riesgo.Las fintech vemos la misma situación como oportunidad y responsabilidad. Esa es exactamente la ventaja estructural de las fintech frente a la banca. No estamos obligados a evaluar el pasado cuando podemos leer el presente. Tenemos acceso a datos alternativos, flujo de caja operativo, comportamiento de facturación y patrones de pago en la cadena que permiten ver la viabilidad de una empresa antes de que su historial la certifique. Podemos movernos a la velocidad del ciclo de la pyme, no al ritmo del comité de crédito. Y podemos diseñar instrumentos que se ajusten a su realidad operativa en lugar de exigirles que se ajusten a la nuestra.
Vemos y atendemos a aquellos a los que el banco, con sus herramientas actuales, no ha logrado ver. Eso nos distingue y creemos que es importante decirlo, porque cambia el estándar con el que nos medimos. Pasamos de llegar donde la banca no llega a resolver el problema de fondo.
Y ese problema de fondo no se soluciona con un producto, se soluciona con un ecosistema.
Ningún actor por sí solo puede resolver la mortalidad pyme. La academia, por ejemplo, puede generar literatura y reflexión sobre el sector y entender qué variables predicen la sobrevivencia de una pyme mejor que su balance contable. El Estado puede habilitar el marco regulatorio y los instrumentos de garantía que reducen el costo del riesgo. Las fintech podemos inyectar capital y construir infraestructura de confianza. Cada uno desde su lugar, con su herramienta, articulado con los demás.
Lo sé porque lo viví. Cuando en 2018, en Temuco, fundamos ERPyme junto a Álvaro Rivera, no teníamos espalda financiera ni historial. Lo que tuvimos fue un entorno que confió, aceleradoras que nos dieron estructura y redes, fondos de capital de riesgo en busca de innovación y, en especial, las historias de otras startups que nos compartieron su experiencia. Sin ese ecosistema activo, el resultado más probable era la quiebra. Con él, encontramos un camino, crecimos y, con el tiempo, nos integramos a una plataforma con mayor escala. Nada que ver con la suerte.
Para crecer, una pyme necesita de un entorno que confíe en ella y un aliado estratégico con acceso a información y capacidad de interpretarla para atender a sus dolores. Ese es el rol que, hoy, las fintech pueden jugar a escala: el de constructores y sostenedores de una red de confianza que el banco todavía niega a ciertos sectores. El desafío es grande, pero los actores que se necesitan para resolverlo estamos todos presentes: sector público, privado, academia y gremios. Lo que falta es articulación con un propósito: no solo hacer crecer la industria fintech, sino reducir la mortalidad pyme. Son objetivos relacionados, pero no son lo mismo y confundirlos puede llevarnos a medir las cosas equivocadas.
Un ecosistema pyme sano es una economía sana. Tenemos las herramientas. Falta redefinir cuál es el estándar con el que vamos a medirnos.
Cristian Sauterel
CEO de Maxxa